Cada uno ve lo que sabe (bruno Munari, Diseño y comunicación visual, GG Diseño, Duodécima edición Barcelona 1985, pág. 22 - 24)
Es sabido que un buen impresor cuando coge un libro nuevo y lo mira y vuelve a mirar por todas partes, abre la cubierta, acompañándola con la mano, observa los caracteres tipográficos, la manera cómo están dispuestos y de qué tipo son, y si son originales o de fundición secundaria, observa y critica el papel, la encuadernación, el dorso del libro si es recto o curvado, la manera cómo empieza el texto (a qué altura), cómo son los márgenes, cómo termina, cómo está dispuesta la numeración, y tantas otras cosas.
Un lector que nada sabe de impresión lee el título y el precio, compra el libro y lo lee, pero si le preguntáis el carácter que tenia el título, no sabe responder, no le interesa. En su mundo privado de imágenes no existen puntos de contacto con estas cosas que no conoce; no ha visto la clase de carácter tipográfico que existía.
Conocer las imágenes que nos rodean equivale a ampliar las posibilidades de contactos con la realidad; equivale a ver y a comprender más. Por ejemplo, es muy interesante ver las estructuras de las cosas, aunque sean las de la parte más superficial, lo que se llama “textura”, es decir, la sensibilización (natural o artificial) de una superficie, mediante signos que no alteren su uniformidad. Una hoja de papel blanco presenta una superficie poco interesante si es lisa, más interesante si es rugosa, aún más interesante si estas rugosidades tienen una disposición estructural reconocible como, por ejemplo, los poros de la piel, que dan, como comunicación visual, precisamente la idea de piel. Piénsese en la piel de los animales, del lagarto al cocodrilo, piénsese en la corteza de los árboles, en el muro encalado, en el hormigón. Todo lo que el ojo ve tiene una estructura superficial, y cualquier tipo de signo, de granulación, de estriado, tiene un significado bien claro (tan cierto es que si viéramos un vaso con una superficie de piel de cocodrilo, ello no nos parecería normal).
Las industrias textiles conocen muy bien este principio de animar una superficie, cuando fabrican los tejidos que tienen “una mano” (como se dice), es decir, un efecto táctil particular, vinculado —Se entiende— a una comunicación visual precisa. Especialmente en los tejidos para caballero, existen muchas maneras de hacer interesante una superficie de tramas uniformes.
Uno de los primeros ejercicios del curso básico de Diseño Visual, es el estudio de las superficies, ya que las imágenes que el diseñador visual deberá estudiar para una comunicación visual cualquiera, también deberá incluir este aspecto. Digo también, porque no es solamente la forma lo que se ha de estudiar sino también la apariencia.
Perdonad que abra de pronto mi acostumbrado paréntesis sobre la vida americana, pero debo narrar una cosa curiosa. Aquí, en Cambridge, ocupo una habitación en el Ultimo piso de una casa de tres plantas, el Faculty Club. La habitación es pequeña pero muy acogedora, y con toda clase de comodidades. Encima mío, entre el techo de mi habitación y la cubierta del tejado habita una ardilla que nunca he podido ver, pero que siempre oigo cómo esta royendo algo, especialmente por la tarde.
Quien ha estado en América sabe que en los restaurantes normales de tipo americano no se come fruta (o bien solamente se come macedonia de frutas, y que no siempre está hecha de frutas frescas); y yo tenía verdaderas ganas de córner fruta. Por ello fui a un supermercado y compré unas magníficas manzanas que llevé conmigo a mi habitación.
En el Faculty Club éramos dos solamente (era fiesta y todo el mundo se había marchado, incluso el portero), la ardilla y yo; los dos estábamos royendo una fruta, yo una manzana, sentado en mi butaca, ella no sé qué clase de fruta ni cómo; no la veía pero la oía.
Estaba diciendo que para sensibilizar las superficies, invite a los estudiantes a transformar, con su inventiva y con los medios que estaban a su disposición, una hoja de papel blanco normal, común e inexpresiva. Pero sólo procurando modificar la superficie, conservando su uniformidad, o lo que es 1o mismo, sin hacer composiciones artísticas.
Porque es muy difícil limitar un problema. Para aprender bien es preciso profundizar todas aquellas cosas que el entusiasmo juvenil hace que nos parezcan como inmediatamente superables. Es preciso hacer el máximo de ejercicios con un problema limitado. El muchacho, en cambio, quisiera diseñar en seguida un proyecto, de la misma manera que quisiera en seguida conducir un automóvil o tocar un instrumento.
Así como en las dos primeras lecciones, con el tema del collage libre, todos se hablan puesto inmediatamente a recortar revistas y a hacer pegotes, intentando expresar significados misteriosos, y algunos que no sabían qué expresar expresaban igualmente su estado de ánimo; esta vez, con esta investigación sobre la sensibilización de una superficie, sin tener que expresar nada, todos andaban un poco desorientados.
Algunos han empezado a llenar la hoja de puntitos, otros de signos, otros echaban la hoja al suelo, otros la impregnaban, otros ponían huellas dactilares, otros la sellaban con los sellos más extraños, otros doblaban el papel en pliegues regulares, otros utilizaban la esponja con color (siempre negro), en fin, otros miraban la hoja sin saber qué hacer y algunos, después de los primeros experimentos, se han marchado.
Y es que para poder plasmar un concepto primero se tiene que tener determinado cual es el concepto que se desea formalizar, pero cuando no se entiende claramente o superficialmente el concepto que se busca se establece en la mente del estudiante un conflicto que no tiene ni pies ni cabeza y que por tanto no se sabe ni como expresarlo para preguntar o como abordarlo para dar una solución valida. ¿Valida con respecto a que?
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